26 Dic 2015
diciembre 26, 2015

El Torrontés no es dulce

La primera y última de nuestras verdaderas cepas autóctonas, la Torrontés, tiene un mito que suele rondarle desde hace añares: todos y cada uno de los vinos elaborados con ella son, sencillamente, dulcísimos.

Es la única variedad de uva completamente autóctona de nuestro país. Un ícono nacional, así como la birome o las hábiles neuronas de Favaloro. Surgió hace mucho, mucho tiempo después del entrecruzamiento entre otras dos cepas: la Moscatel de Alejandría y la Criolla Chica. Ese híbrido se logró bajo el sol argentino, en nuestros suelos, y, desde entonces, Torrontés se transformó en sinónimo indiscutido de las latitudes argentas.

También en torno a esta cepa se creó un largo pergamino de fábulas y leyendas que le rondan cual moscas al locro. Y, de todas ellas, hay una que está indiscutidamente difundida en la mente de muchos de nosotros: quién puede dudarlo, el Torrontés es un vino dulce.

Vayamos por partes.

Hay una característica que hace fácil de detectar al Torrontés: su nariz plural, floral, de esas inconfundibles.Un poco de jazmines por acá, naranjas por allá, el perfumito del pan dulce después. Aromáticamente potente, invasivo, descarado. Y, por qué no, ciertas notas a frutas blancas maduras, mermelada de membrillos. Sí. La nariz es inconfundiblemente dulce.

Pero la sorpresa llega después, cuando, decididísimos, empinamos la copa hacia lo más profundo de la garganta. Lo saboreamos. Se siente fresco, la acidez nos hace sonreír, se lo nota algo untuoso. Se traga. Y el dulzor no aparece. Nunca apareció. Es lo que técnicamente llamaríamos “un vino seco”, es decir, “no dulce”.

¿Pero cómo? Su nariz decía algo, pero su misma boca la desdijo. Pues bien, sucede que sí existen algunos Torrontés dulces, pero sólo aquellos en los que el enólogo decide elaborarlo así. El Torrontés no es dulce de por sí, aunque sí puede serlo si es que las manos que lo producen quieren que así sea. Dulces naturales, de cosecha tardía, por ejemplo. Pero también puede haber dulces a base de Malbec, Chardonnay, Pinot Noir o Cabernet Sauvignon. Y apuesto que nadie tildaría al Cabernet de ser un tinto que le rinda homenaje al azúcar.

Entonces, para que un Torrontés sea dulce, su etiqueta debe jurar y perjurar que lo es. Hay muchos Torrontés dulces, pero hay muchos más Torrontés secos, sin niveles de azúcar residual que sean perceptibles por nosotros, los consumidores.

Hagan la prueba. Aunque los aromas extravagantes de la variedad nos hagan pensar que estamos frente a un vino dulce, realmente no lo es. A menos que su etiqueta se anime a contradecirme, claro.

 

Fuente: www.marianobraga.com